Trivialidades elementales

El Doctor Doyle esperaba pacientemente a que llegará alguien a su pequeño consultorio en Southsea, cerca de Portsmouth, Inglaterra.

Sobra decir que no le iba muy bien al joven doctor, que su tiempo libre era demasiado y sus ingresos escasos. La medicina en esas épocas sufría una transformación importante y los médicos eran considerados caballeros respetables, además, los nuevos descubrimientos hacían de la medicina una profesión excitante que garantizaba el éxito social y económico. Pero no para Conan. Sentado frente a su escritorio reflexionaba sobre algunas de las noticias que había leído hace algunos meses y que además muy en el fondo le causaban fascinación.

La noticia trataba sobre la desaparición de un panadero alemán en Londres, y Conan le daba vueltas a la idea, repasando lo que recordaba de la noticia y lo que se había descubierto del crimen. Este tipo de notas le gustaban y ahora alimentaban una idea que solucionaría sus problemas financieros y le brindaría todo el renombre que la carrera de medicina no había podido darle.

Desde sus días de estudio en la Universidad de Edimburgo, Conan Doyle había disfrutado escribir como un pasatiempo, principalmente cuentos cortos,  algunos llegaron incluso a ser publicados en revistas sin mucho éxito. Sus intentos por escribir novelas habían salido mal, pues su orgulloso primer esfuerzo se había perdido en el correo, y el segundo intento no logró ningún interés por ser publicado.

Y así se encontraba en su oficina escribiendo historias durante los tiempos de espera, con la esperanza de que alguna pudiera ser publicada y ayudarle con los gastos. Fue cuando reflexionando en las noticias decidió que su próximo intento de novela sería una de detectives.

Sherrington y Ormond eran los nombres originales con los que bautizó a los hoy famosos Sherlock Holmes y John Watson, personajes de su primer trabajo detectivesco, el cual logró su objetivo y fue publicado por una revista, la cual le pagó 25 libras esterlinas por su trabajo. Así, “Un estudio en escarlata” se convirtió en la primera aparición del célebre detective y su acompañante.

Sherlock Holmes presentaba una personalidad que hasta estos días continúa atrayendo a las intrigantes historias que escribió Sir Arthur Conan Doyle.

Sus habilidades para encontrar la solución a misterios conectando las pistas y el contexto de manera sorprendente, al punto de confundirse con un ejercicio mágico de adivinación, han inspirado y sorprendido a muchos, siendo probablemente el personaje más famoso de todos los tiempos en el género de detectives.

Para Holmes la observación era algo simple y natural, algo que se mostraba ante los ojos de quien estuviera dispuesto a poner atención a lo que veía, a los pequeños detalles, a esas trivialidades que normalmente dejamos pasar al recorrer el día a día.

Tenemos mucho que aprender de Sherlock Holmes, aunque no nos dediquemos a resolver crímenes.

La realidad como la percibimos es solo una interpretación que realiza nuestro cerebro, basado en la información que ha recibido durante toda nuestra vida, tomando en cuenta nuestra historia, recuerdos, emociones e imaginación. Así, lo que para unos puede parecer rojo, para el ojo educado en colores puede ser rojo escarlata, muy diferente a otro tono de rojo. Estar atentos al detalle y educar nuestros sentidos es el equivalente a vivir la vida en alta definición,  explorando y disfrutando cada momento con toda la intensidad posible, y así realmente estar presente y ser capaz de observar con claridad lo que para otros se encuentra oculto a simple vista.

Robert Dilts, uno de los padres de la programación neurolingüística desarrolló un modelo que descifra el mecanismo de pensamiento del personaje y pone a nuestro servicio la herramienta más valiosa de Sherlock Holmes, su habilidad para encontrar los secretos ocultos en los detalles, el arte de la deducción.

Primero debemos aprender a observar, centrar la atención en el detalle, ya sea los gestos de la persona que tenemos frente a nosotros, o la textura de la comida que estamos disfrutando, tratando de ver, escuchar, saborear y sentir cada instante al máximo.

Después ubicamos lo que observamos en  contextos diferentes, comparándolo con alguna experiencia previa, o buscando algo parecido en situaciones distintas, como traer a la mente algún momento donde el aroma de la lavanda estuvo presente, o donde podría encontrarlo.

Por último unir lo observado y nuestras conjeturas, para que de lo general podamos llegar a lo particular y así encontrar sorpresas en los detalles que antes pasaban frente a nosotros sin mucho impacto.

Esta técnica puede servirnos para mejorar nuestras relaciones, ya que podemos ser más receptivos a los mensajes no verbales de las personas a nuestro alrededor y así comprender mejor los intereses o inquietudes de los demás.

Te invito a que pruebes con pequeños ejercicios que motiven tu percepción y tu imaginación, buscando identificar algo que antes no habías podido ver.

El mayor beneficio se encuentra en la posibilidad de vivir la vida con mayor intensidad, saboreando el más pequeño detalle de nuestra realidad sin limitaciones y así disfrutar nuestro momento presente, porque para alcanzar una vida plena, vivir el instante actual es elemental.

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