La guardia nocturna

La buena vida absorbía al hijo del molinero, viviendo de manera ostentosa, y adquiriendo cada una de las piezas que llamaban su atención.

No quiere decir que a su atención la deslumbrara cualquier objeto común.

Todos y cada uno de los objetos de la lista contenía un valor inusualmente extraordinario tanto en su belleza como su rareza.

La gran mayoría de su colección eran pinturas y dibujos de grandes maestros, pero también contenía bustos de emperadores romanos así como una especial fascinación por artefactos asiáticos, incluyendo armaduras antiguas y jarrones de porcelana.

Si su colección no sonaba hasta este momento ostentosa, habría que añadir la amplia variedad de minerales y piedras, la mayoría rarezas rescatadas de algún lugar lejano a su hogar.

Su casa era un extraordinario espacio en uno de los barrios más exclusivos del Amsterdam de los 1600’s, el barrio judío, y lamentablemente esta casa fue la principal causa de que el hijo del molinero cayera en desgracia.

El hijo del molinero se llamaba Rembrandt Harmenszoon van Rijn y era pintor.

Rembrandt era un hombre talentoso, sin embargo su forma de gastar iba más allá de sus ingresos, los cuales eran bastante altos para el siglo XVII, sobre todo en su profesión. A diferencia de otros artistas como Van Gogh que no lograron un éxito comercial en toda su vida, Rembrandt era famoso por su talento, incluso por sus colegas más reconocidos como Rodin. Era para muchos el mejor pintor de su tiempo. Y así ganaba dinero.

Cuando llegó a vivir a Amsterdam, desde entonces el centro de negocios más importante de Holanda, conseguía muchísimo trabajo haciendo retratos de gente adinerada, pero no se limitó a solo hacer eso, pues pintó cantidad de cuadros con diversos temas, incluyendo históricos, bíblicos y mitológicos. Incluso tuvo tiempo para una gran cantidad de autorretratos donde mostraba su particular personalidad, tan diferente a su tiempo.

El claroscuro es una de las técnicas que Rembrandt perfeccionó al máximo, siendo su sello especial, y criticado fuertemente por algunos en un tiempo.  Donde los pintores italianos pintaban imágenes llenas de luz y carentes de ropa, Rembrandt extraía de las sombras personajes vestidos con los atuendos más elaborados.

Su obra más famosa, conocida como “la guardia nocturna”, refleja perfectamente la habilidad que tenía como artista y como comerciante. De las 34 personas que aparecen en el enorme cuadro de casi 16 metros cuadrados, 16 de ellas pagaron una importante cantidad por aparecer ahí. Como tal, la historia del cuadro llega a ser más interesante que la que intenta narrar.

Estos personajes son lidereados por el Capitán Frans Banninck Cocq, un burgués influyente y casualmente hijo de molinero como Rembrandt, fue él quien contrató al artista. El Capitán, junto con sus vecinos, también ricos e influyentes, habían decidido proteger a la ciudad de cualquier peligro que la acechara durante la noche. Lamentablemente para ellos, durante su guardia la ciudad nunca estuvo en peligro. Así que optaron por seguirse reuniendo en lo que realmente era un exclusivo club social, con un excelente pretexto para salir de casa con los amigos. Decidieron inmortalizar sus supuestas hazañas en un cuadro, y por eso aparecen con sus rifles, corriendo en plena acción defendiendo a la ciudad del imaginario enemigo. El artista decidió participar en esta ficticia batalla y junto con otros elementos secretos, incluidos en el cuadro, aparece entre las sombras un joven Rembrandt, como lo que hoy le llamamos un cameo.

Las aventuras que vivió el cuadro sí son reales, entre ellas el hecho que fue apuñalado un par de veces, y que  permaneció escondido durante la segunda guerra mundial, enrollado y oculto por cuatro años.

Años después de esta bien pagada encomienda, y de muchos lujos y despilfarros, el artista al verse en bancarrota, se vio en la necesidad de hacer una lista de sus preciados bienes, y ponerla en subasta para pagar sus deudas, sobre todo por la hipoteca de su casa. Si hubiera querido, con los ingresos que llegó a tener, la hubiera pagado de contado, pero sus gastos eran tan altos que nunca vio llegar dinero que no debiera de antemano.

Lo que le dieron por su gran colección, no representaba ni una parte del valor real de estos hermosos objetos, un triste y fatal golpe para el artista que poco después perdió también su preciada casa. Rembrandt murió en la total pobreza, siendo enterrado en una fosa común de la iglesia, y después de 20 años de su muerte en 1669, sus restos fueron incinerados como cualquier otro difunto sin nombre.

En la actualidad lo único que marca el lugar donde terminaron sus restos mortales es una pequeña placa.

Tal vez Rembrandt terminó sus días en la pobreza, y sin ningún bien material, pero la forma en que aprovechó su vida, deja un legado mucho más rico y extraordinario que el que pudo amasar durante sus años de opulencia.

Mostró a la sociedad una personalidad única, diferente y dispuesta a expresar toda su rebeldía con el talento que tuvo en sus manos, y así nos inspira a ser diferentes, expresando la rebeldía con belleza, con creatividad y gracia, mostrándonos que, incluso de un heroísmo falsificado como en la guardia nocturna, puedes crear un mensaje poderoso y bello.

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