En una Galaxia muy cercana…

Zach Tann estaba a punto de encontrarse con su destino. Desde niño había sido impactado por una de las películas más influyentes de las últimas décadas, Star Wars. En Mayo 25 de 1977 se estrenó un filme que no aspiraba a convertirse en nada más que una función de matinée. Y así lo consideraba su creador, George Lucas, que para pasar su tiempo mientras se recuperaba de una fractura de pierna escribió una mezcla de samurais, hombres del espacio y spaghetti western. Sorpresivamente se convirtió en la película más reconocida de su carrera.

La necesidad de efectos especiales y un bajo presupuesto motivó su creatividad y la innovación fluyó en un equipo de jóvenes que cambiarían las expectativas del cine para siempre. Así nació, de la mano de la épica producción la compañía Industrial Light and Magic, responsable de infinidad de efectos especiales innovadores e inspiradores en cientos de películas posteriores.

No solo Star Wars cambió el cine. También hubo una gran variación, totalmente inesperada en la industria de los juguetes; Kenner, una pequeña compañía de juguetes recibió la licencia para fabricar figuras de acción de los personajes tan solo un mes antes de la presentación de la opera espacial de Lucas. Al no ser capaces de tener los muñecos a tiempo para su venta, a los ejecutivos de Kenner se les ocurrió una idea que transformaría al mundo de los coleccionistas para siempre. Crearon un certificado llamado “pájaro madrugador” donde los chicos recibirían cada mes una figura diferente durante todo el año. Los juguetes tuvieron un gran éxito y existió una enorme demanda que comenzó una cultura de culto para todo lo que tuviera que ver con Star Wars. En la actualidad, la venta de su mercancía suma más de 20 mil millones de dólares en ventas directas.

Zach Tann era un gran aficionado, pero no era de las grandes ligas como coleccionista. Había muchos que invertían sumas de dinero importantes, además de mucho tiempo para buscar esas joyas ocultas en las cocheras de hombres, que alguna vez fueron niños. Zach aspiraba ser  uno de ellos. Y parecía que había llegado su oportunidad. Una persona llamada Carl Cunningham le ofreció una figura muy difícil de conseguir por no haber salido nunca a la venta.

El personaje, Boba Fett disparaba un pequeño cohete de plástico de la espalda convirtiéndose en un riesgo para los niños razón por la que fue cancelado.

Pero algunas sobrevivieron y su costo en el mercado de coleccionistas asciende a más de ochenta y seis mil dólares actualmente.

Y este fue el pequeño tesoro que le ofrecieron a Zach Tann por un precio muy bajo. Nunca sospechó nada pues el vendedor era respetado en el círculo de coleccionistas, hasta que el dueño de la mayor colección de Star Wars del mundo, reportó que le habían robado el suyo. Zach no participaría en algo ilegal así que lo delató. Lo que sucedió después involucra arrepentimiento, exposición del robo y una gran comunidad de coleccionistas enojada. Los “haters” fueron implacables con Cunningham y finalmente fue arrestado y juzgado.

La cultura de los coleccionistas no es un movimiento nuevo, pero se volvió popular y accesible a través de este tipo de obras de arte modernas.

No todos pueden pagar por un Van Gogh o uno de los cuadernos de Da Vinci, como lo hizo Bill Gates hace unos años. El coleccionista sirve para preservar, como en un museo, parte de nuestra historia, en el caso de juguetes o comics podría ser la parte más terrenal tal vez, pero definitivamente poderosa al momento de atraer recuerdos de nuestra niñez, donde los problemas eran insignificantes y fáciles de resolver, cuando para salvar a una galaxia entera solamente eran necesarios, un par de muñecos y quizá una nave de plástico.

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