Campanas de libertad

Quasimodo era feliz en su hogar, tenía la mejor vista de París y su gran amor lo acompañaba cada vez que el día iniciaba, igual que al atardecer. Juntos, él y la gran campana de Notre-Dame.

No era un hombre común, incluso algunos podían considerar que no era un hombre en absoluto; sus habilidades para socializar eran nulas y su aspecto se mostraba repulsivo ante las miradas de la gente considerada normal.

Tal vez por esa razón su amor no era común tampoco. El amor que sentía por la campana principal de la Catedral de Notre-Dame era compartido con todas las campanas de la iglesia. Desde la más pequeña hasta la que colgaba en la torre. A sus veinte años de edad, Quasimodo había salido muy poco del que funcionaba como su hogar desde el día en que fue abandonado de pequeño.

Su apariencia lo mantenía adentro del templo, donde la sociedad no lo juzgaba y donde era feliz con sus amadas campanas. Parcialmente ciego y sordo era leal a su existencia y conforme con su trabajo como campanero de Notre-Dame. Hasta que Esmeralda llegó a su vida.

Esmeralda era todo lo que Quasimodo no era. Era hermosa y popular, además de despertar en los hombres un poderoso deseo y atracción.

La historia de Quasimodo y Esmeralda muestran dos lados de una moneda. Una historia que disfraza con dos pintorescos personajes la crítica y desigualdad social que prevalecía en la Francia del autor de esta inolvidable historia; Victor Hugo.

Victor Hugo, uno de los más grandes escritores de Francia, refleja a través de su obra universal la dualidad en la que vivió durante su existencia.

Desde el origen en una familia donde el padre era partidario de un gobierno republicano mientras que su madre había sido una apasionada defensora de la monarquía, el joven Victor entendió que no había una sola verdad o una sola versión de lo que sucedía.

Decidido a ser escritor desde la corta edad de catorce años, comenzó con la poesía, dominando todos los géneros; posteriormente, desde el teatro hasta la novela. Su talento le ganó el favor del rey Luis XVIII, pensionándolo a los veinte años, lo que le permitió dedicarse de tiempo completo a su sueño como escritor.

Victor Hugo vivió tiempos de cambio político en esos años, redefiniéndose el rumbo de su patria y cubriendo de sangre los ideales de libertad en varias ocasiones. Este escenario motivó al autor a escribir acerca de lo que sucedía en la Francia del siglo XIX. Su interés por los más necesitados y los ideales de la revolución francesa lo llevaron al exilio por muchos años. Durante ese tiempo de exilio comenzó a escribir su obra maestra, la cual es considerada una de las más grandes novelas de todos los tiempos: Los Miserables. Tardó veinte años en ver publicada su obra, la cual refleja las diferentes facetas de una sociedad quebrantada por sus diferencias y la poca tolerancia entre sus miembros.

El amor que sentía Quasimodo por las campanas de su iglesia era suficiente para brindar a este hombre desafortunado la felicidad que necesitaba. El amor a objetos inanimados  se le conoce como objetofilia y es más común de lo que uno podría pensar. En la actualidad hay personas que profesan su amor por un auto, un instrumento musical e incluso por la torre Eiffel.

Tal vez las frías paredes de Notre-Dame servían tanto de hogar como de prisión para el amoroso Quasimodo, permitiéndole expresar su amor por las campanas del templo solamente, sin poder expresarlo de otra forma, hasta que apareció Esmeralda y cayó enamorado de otro ser humano.

Así podrían estar algunas personas en la actualidad canalizando su necesidad de brindar amor a otros. Sintiendo afecto hacia objetos inanimados que nos ofrecen beneficios y satisfacción como el teléfono celular, ponemos barreras hacia los demás, provocando  un aislamiento auto-impuesto y un exilio social innecesario.

Victor Hugo amaba a su patria y al ver a su amada sin libertad decidió mantenerse en el exilio hasta que su cautiva Francia volviera a ser libre. Afortunadamente el gran escritor y activista pudo regresar en vida a su tierra, donde llegó a servir a su sociedad como político por varios años trabajando en favor de la gente que tanto lo inspiró.

A veces nuestras emociones nos llevan a ocultarnos y aislarnos con barreras invisibles en un exilio personal. Un teléfono puede ser tan efectivo como los grandes muros de una catedral para mantener nuestro afecto lejos de los demás.  En otras ocasiones, las emociones nos impulsan a alcanzar grandes ideales, alimentando nuestro espíritu con voluntad y pasión. De nosotros depende como canalizar nuestros afectos, aislándonos como Quasimodo, o viviendo con libertad entre los demás, como Victor Hugo.

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