El cuarto de las sorpresas

Amy tenía 3 años de edad en 1968, vivía entonces en San Francisco, California; y ya iba a la escuela. Para la época era una niña como cualquier otra. Amy había acompañado ese día a sus papás a una universidad muy grande pues la habían invitado al cuarto de las sorpresas, y aunque ella no tenía ni idea de que se trataba ese lugar, iba emocionada para conocerlo. “¡Seguro habrá payasos!”, Pensaba Amy.

Foto: semana.com

Todo lo que pudo imaginar Amy acerca de lo que iba a suceder en el cuarto de las sorpresas estaba mal. En lugar de recibirla un payaso de traje colorido, fue un señor delgado de poco cabello llamado Walter. Walter llevaba una bata blanca como las que usan los doctores, y eso le dio mala espina a Amy, “¡Me van a poner una inyección!”, pensó asustada. Después de hablar un momento con sus padres, Walter le preguntó a Amy que tipo de dulces le gustaban más, “malvaviscos”, contestó Amy intrigada. Walter entró en una habitación y salió con un recipiente lleno de rosados y deliciosos malvaviscos. Estaban listos para entrar por fin al cuarto de las sorpresas.

Amy se dio cuenta de que en vez de globos y juegos, lo único que había en el cuarto eran una silla y una mesa; sobre la mesa había un pequeño plato y nada más. “¡Vaya sorpresa!”, pensó desilusionada Amy.

Walter puso un malvavisco en el plato y le explicó a Amy que si evitaba comerlo hasta que él volviera, le daría uno extra, y podría comerse los dos. Pero si decidía comérselo antes de que él regresara, estaba bien pero no recibiría el malvavisco adicional.

Amy estuvo de acuerdo y decidió esperar.

Pasaron varios minutos y Amy miraba el delicioso dulce prohibido, convencida de no comerlo hasta que Walter regresara, sin embargo era difícil. Lo tomaba en sus manos y lo olía, después lo regresaba de nuevo al plato. Imaginaba como sería su sabor, mientras con su dedito presionaba un poco la suave golosina. Casi se da por vencida, y estuvo a punto de morderlo, pero se resistió, quería los dos dulces prometidos. Siguió esperando. Finalmente después de 20 interminables minutos Walter regresó con el segundo malvavisco en un plato. El tormento de la pequeña Amy había terminado felizmente.

El experimento del malvavisco fue pionero en el estudio del autocontrol y se realizó en la universidad de Stanford entre 1968 y 1974, por el Doctor Walter Mischel, aplicándolo en 550 niños de edad preescolar.

El autocontrol es nuestra habilidad de esperar la recompensa, trata de ser pacientes y resistir las tentaciones. La realidad es que la ‘fuerza de voluntad’ es una de las competencias más importantes para tener éxito en la vida, siendo esta una de las muchas revelaciones del experimento del malvavisco.

Sin entrar en muchos detalles, los niños que esperaron más tiempo sin comerse la golosina, lograron de adultos alcanzar sus metas en lo personal y en lo profesional. Contaban con mayor salud, tenían mejores trabajos, y eran personas más positivas.

Durante muchos años se pensó que una persona con poca fuerza de voluntad nacía así, y así se quedaba, pero con el avance en las neurociencias se sabe que es algo totalmente mejorable, y que como muchas otras funciones del cerebro, se puede modificar.

Y hoy más que nunca debemos aprender a controlar nuestros impulsos, pues existen tantos estímulos que nos rodean y que nos prometen gratificación inmediata que corremos el riesgo de perder la motivación para esforzarnos y luchar por nuestras metas. Las redes sociales como un ejemplo, tienen tanto éxito porque satisfacen el deseo de tener respuestas inmediatas. Si bien son muy útiles para mantenernos comunicados, pueden convertirse en una adicción y adormecer nuestras intenciones de hacer otras cosas y ponerle ganas a lo que queremos alcanzar.

No estoy diciendo que borres tu cuenta de Facebook (no lo harías de todos modos), pero sin que te pongas un límite para utilizarla. Esto aplica para cualquier otro deseo que pueda sacudir tu voluntad, como una rebanada de pizza, jugar videojuegos, comprar a meses sin intereses, o ver una temporada completa en Netflix.

Podemos fortalecer poco a poco nuestra voluntad, si cambiamos la forma en que vemos nuestros deseos; una técnica para lograrlo es cambiar estímulos ‘calientes’ por estímulos ‘fríos’. Imagina tu rebanada de pizza favorita y piensa en el sabor y lo deliciosa que esta. ¡Mmmmm! Si se te antojó ese es el estímulo “caliente”. Ahora trata de imaginarla en sus características objetivas, un triángulo blanco con círculos rojos sobre una masa blanda. Este es un estímulo ‘frío’. Simplemente cambias la relación que tienes con el objeto de tu deseo. ¿Fácil? No lo es. Pero vale la pena intentarlo.

En un mundo tan acelerado es complejo reconocer lo que es realmente valioso, y normalmente es lo que llega con paciencia y esfuerzo.

Te invito a que antes de caer en cualquier tentación que te aleje de tus metas, tomes dos minutos y trates de verla diferente, incluso puedes imaginarte que una cucaracha pasó por encima, y verás que de inmediato se te quitan las ganas.

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